viernes, 31 de diciembre de 2010

Cuento: EL DÍA QUE EL SR. COMPUTADORA SE CAYÓ DE SU ÁRBOL Philip K. Dick

Blog de Tio Tizo:

EL DÍA QUE EL SR. COMPUTADORA SE CAYÓ DE SU ÁRBOL

Philip K. Dick.

Despertó, y sintió de golpe que algo estaba aterradoramente mal. Oh, Dios mío, pensó mientras se percataba que el señor Cama lo había depositado hecho un ovillo en un montón desordenado contra la pared. Está comenzando de nuevo, se dio cuenta. Y el Directorio Oeste nos prometió infinita perfección. Esto es lo que conseguimos, pensó, por creer lo que dicen simples humanos.

Como mejor pudo, logró desembarazarse de sus sábanas, se levantó tembloroso y cruzó la habitación rumbo al señor Armario.

—Quisiera un elegante traje cruzado, gris zapa —le informó, hablando crispadamente al micrófono sobre la puerta del señor Armario—. Una camisa roja, calcetines azules, y...

Pero fue inútil. La ranura ya estaba vibrando mientras un par de grandes bombachos de seda para mujer estaban deslizándose hacia fuera.

—Tienes lo que ves —dijo la metálica voz del señor Armario, llegando hasta él con un eco profundo.

Con ánimo sombrío, Joe Contemptible se puso los bombachos. Al menos era mejor que nada, como aquel día, en el Terrorífico Agosto, cuando la vasta computadora poli encefálica en Queens les había dado a todos, en la Más Grande América, nada más que un pañuelo para usar.

Dirigiéndose al baño, Joe Contemptible lavó su cara, y encontró que el líquido que estaba rociando sobre sí mismo era tibia cerveza de raíz. Cristo, pensó. Esta vez el señor Computadora está mucho más loco que nunca antes. Ha estado leyendo cuentos de ciencia ficción del viejo Phil Dick, decidió. Esto es lo que ganamos por proveer al señor Computadora con toda clase de basura arcaica del mundo, para que lea y almacene en sus bancos de memoria.

Terminó de peinar su cabello, sin hacer uso de la cerveza de raíz, y luego, habiéndose secado, entró en la cocina para ver si el señor Cafetera tenía al menos un fragmento de cordura en una realidad que estaba deteriorándose completamente a su alrededor.

No tuvo suerte. El señor Cafetera le presentó servicialmente una taza con jabón. Bien, ¿qué le vamos a hacer?

El problema real, sin embargo, llegó cuando trató de abrir al señor Puerta. El señor Puerta se negó a abrir; en lugar de ello se quejó con un sonido metálico:

—Los caminos de la gloria no conducen sino a la tumba.

—¿Y eso qué significa? —demandó Joe, enojado ahora. Esta situación absurda ya no tenía gracia. Nunca la había tenido en circunstancias similares con anterioridad, excepto, quizá, cuando el señor Computadora le había servido para el desayuno faisán asado.

—Significa —dijo el Sr. Puerta— que estás perdiendo tu tiempo, desgraciado. De ninguna manera vas a ir a tu oficina hoy.

Esto resultó ser cierto. La puerta no se abrió; a pesar de sus esfuerzos, el mecanismo, controlado a muchas millas de distancias por la matriz maestra poli encefálica, se rehusó a ceder.

¿Desayunaría, entonces? Joe Contemptible apretó los botones del módulo de control del señor Alimentos, y se encontró contemplando un plato de fertilizante.

Inmediatamente, alzó el teléfono y atacó salvajemente los números que lo podrían en contacto con la policía local.

—Fantasías Animadas S.A. —dijo la cara sobre la pantalla—. Una versión animada, en caricaturas, de tus prácticas sexuales será producida en una semana, ¡incluyendo GLORIOSOS EFECTOS DE SONIDO!

Maldición, se dijo a sí mismo Joe Contemptible, y colgó.

Había sido una mala idea desde el principio, allá en 1982, operar cada mecanismo desde una fuente central. Desde luego, la idea básica había sonado bien: con la capa de ozono consumida, mucha gente se estaba comportando de manera irracional, y se había vuelto necesario resolver el problema con algunos medios electrónicos inmunes a las radiaciones ultravioleta que deterioraban la mente y que ahora, fluían hacia la Tierra. El señor Computadora pareció, en su momento, ser la respuesta. Pero, era triste decirlo, el señor Computadora había absorbido demasiada influencia perturbada de sus constructores y así, como ellos, tenía sus propios episodios psicóticos.

Desde luego había una respuesta. Apresuradamente había sido encontrada, puesta en su lugar, como si fuera una sola cosa junto con el problema. Era la encargada de Salud Mental Mundial, una formidable y vieja arpía llamada Joan Simpson, a la que se le había otorgado cierta clase de inmortalidad, así estaría siempre disponible para tratar al señor Computadora durante sus crisis de locura. La señorita Simpson estaba conservada en el centro de la Tierra en una cámara especial recubierta de plomo, a salvo de las dañinas radiaciones que llegaban a la superficie, en una animación de suspensión parcial llamada Pak Tristeza, en la cual, se decía, la señorita Simpson yacía adormilada mientras era entretenida por una interminable procesión de programas impagables de radio de los años cuarenta, alimentándola en un círculo cerrado interminable. La señorita Simpson, se decía, era la única persona cuerda sobre, o más bien dentro, de la Tierra; esto, aunado a sus soberbias habilidades, así como su infinito entrenamiento en el arte de sanar construcciones psicóticas, la hacía la única esperanza de supervivencia para la Tierra.

Dándose cuenta de esto, Joe Contemptible se sintió un poco mejor, pero no mucho; porque acababa de recoger al señor Diario que estaba sobre el suelo, a un lado de la ranura de la puerta principal. El encabezado decía:

ADOLFO HITLER CORONADO PAPA. LAS MULTITUDES CELEBRAN EN CANTIDADES RECORD.

Lo mismo le sucedía al señor Diario, se percató Joe con aire lúgubre, y lo arrojó por la ranura del señor Basurero. El mecanismo se revolvió, y luego, en lugar de ingerirlo o deshacerlo, lo expelió de nuevo. Joe, una vez más, le echó de nuevo un breve vistazo al encabezado, vio la fotografía de un esqueleto humano, ataviado de bigote y uniforme nazi, portando la gran corona papal; Joe se sentó en el sofá de la sala de estar a aguardar el momento, seguro de que llegaría pronto, en que la señorita Simpson fuera despertada del Pak Tristeza para tratar al señor Computadora y, al hacerlo, devolverle la cordura al mundo.

Un tanto para sí mismo, Fred Doubledome dijo:

—Está psicótico, correcto, le pregunté si sabía dónde estaba y dijo que flotando en una balsa sobre el Missisippi. Ahora, confírmalo por mí. Pregúntale quién es.

El doctor Pacemaker tocó el botón de control para preguntas sobre la consola de la vasta computadora, preguntándole: ¿QUIEN ERES?

La respuesta apareció en la pantalla inmediatamente: TOM SAWYER

—¿Lo ves? —dijo Doubledome—. Está totalmente desconectado de lo que sucede en la realidad. ¿Ha comenzado ya la reactivación de la señorita Simpson?

—Afirmativo, Doubledome —dijo Pacemaker, y como si probara estar en lo correcto, unas puertas se deslizaron a los lados para mostrar el contenedor recubierto de plomo en el cual la señorita Simpson dormía, escuchando su programa de radio favorito del día, Mamá Perkins.

—Señorita Simpson —dijo Pacemaker, inclinándose sobre ella—. Tenemos de nuevo un problema con el señor Computadora. Está totalmente ido. Ha mandado todas las líneas vehiculares de Nueva York por la misma ruta, hacia la misma intersección. La pérdida de vidas ha sido severa. Y en lugar de responder al desastre con equipos de bomberos y con la policía, ha despachado a un grupo de payasos de circo.

—Ya veo —les llegó la voz de la señorita Simpson a través del sistema de transducción y amplificación de sonido por el cual se comunicaban con ella—. Pero primero, debo atender un incendio en el almacén de leña de Mamá Perkins. Ustedes verán, su amigo Shuffle...

—Señorita Simpson —dijo Pacemaker—, nuestra situación es grave. La necesitamos. Salga de su niebla habitual y venga a trabajar para restaurarle la cordura al señor Computadora. Entonces podrá regresar a sus series radiofónicas.

Se quedó contemplando cómo era la señorita Simpson, sorprendido, como siempre, por su belleza virtualmente antinatural. Grandes ojos negros con largas pestañas, la voz sedosa y sensual, su pelo muy corto e intensamente negro, ¡tan adecuada en un mundo de caos y suciedad!, su cuerpo firme y flexible, su cálida boca sugiriendo amor y consuelo... Increíble, pensó, que la única persona realmente sana en la Tierra (y la única capaz de salvarla) pudiera ser, al mismo tiempo, sorprendentemente encantadora.

Pero eso no importaba; no era el momento para tener esos pensamientos. Las noticias de la NBC, por televisión, ya habían reportado que el señor Computadora había cerrado todos los aeropuertos del mundo y los había convertido en estadios de béisbol.

Poco después, la señorita Simpson ya estaba estudiando un abstracto esquema compuesto que delineaba las órdenes erráticas del señor Computadora.

—Está claramente en una situación regresiva —les informó, sorbiendo distraídamente su taza de café.

—Señorita Simpson —dijo Pacemaker—, me temo que es agua jabonosa lo que está bebiendo.

—Tiene razón —dijo la señorita Simpson, bajando su taza—. Me doy cuenta que el señor Computadora está jugándole bromas infantiles a la masa de la humanidad. Coincide con mi hipótesis hipostática.

—¿Cómo hará que vuelva a la normalidad esta vasta construcción? —preguntó Pacemaker.

—Evidentemente se topó con una situación traumática que le causó la regresión —dijo la señorita Simpson—. Localizaré el trauma y entonces procederé a insensibilizar al señor Computadora confrontándole con este trauma. Mi monitor, en este sentido, le presentará al señor Computadora cada letra del alfabeto en orden, calibrando sus reacciones hasta que yo perciba que, en un movimiento de salud mental, logremos una reacción de desagrado.

Lo hizo así. El señor Computadora, en la letra J, emitió un quejido apagado; le salió un poco de humo. La señorita Simpson entonces repitió la secuencia de letras. Esta vez el quejido sordo y la emisión de humo se presentaron en la letra C.

—J.C. —dijo la señorita Simpson—. Quizá se refiera a Jesucristo. Quizá la Segunda Venida ha tenido lugar, y el señor Computadora teme ser desconectado. Empezaré asumiendo eso. Coloquen al señor Computadora en un estado semicomatoso, así podrá hacer asociaciones libres.

Los técnicos se apresuraron a realizar la tarea asignada. El murmullo virtualmente inconsciente de la gran computadora comenzó a salir de los canales de audio montados a través de la cámara de control.

—...programándose él mismo para morir —la computadora divagó—. Una buena persona como él... una orden de análisis de DNA... va a pedir que aceleren y no que detengan el proceso de muerte. El salmón nadando contra corriente para morir... eso le atrae... después de todo lo que he hecho por él. Rechaza la vida. Estar conciente de ello. Desea morir. No puedo soportar la muerte voluntaria, una reprogramación totalmente opuesta al propósito de la matriz del comando de programación del DNA... —seguía diciendo incoherentemente—.

La señorita Simpson dijo con agudeza:

—¿Qué nombre le surge, señor Computadora? ¡Un nombre!

—Empleado en una tienda de discos —la computadora farfullaba—. Una autoridad en los Lieder alemanes y en las baladas de rock de los sesenta. Qué desperdicio. Pero el agua es cálida. Creo que pescaré. Que mi caña se hunda y atrape un gran bagre. ¡La sorpresa que se llevará Huck, y Jim también! Jim es todo un hombre aunque...

—¿Qué nombre? —repitió la señorita Simpson.

El vago murmullo continuaba.

Rápidamente, la señorita Simpson se dirigió a Doubledome y a Pacemaker, que permanecían rígidos y atentos, y les dijo:

—Encuentren a un empleado de discos cuyas iniciales sean J.C., y que sea una autoridad en los Lieder alemanes así como en las baladas de rock de los sesenta. ¡Y de prisa! ¡No tenemos mucho tiempo!

Habiendo dejado su departamento por la ventana, Joe Contemptible recorrió su camino entre vehículos chocados y conductores coléricos que vociferaban, se dirigió a la Compañía Artística de Música, la tienda de discos donde había trabajado la mayor parte de su vida. Al menos había podido salir de su...

Repentinamente, dos policías vestidos de gris se materializaron frente a él, sus caras ceñudas; ambos, sosteniendo macanas, apuntaron al pecho de Joe:

—Vas a venir con nosotros —dijeron, virtualmente al unísono.

Joe sintió el repentino impulso de correr; en cambio, permaneció quieto. Pero entonces sintió un intenso dolor, el policía le dio un puñetazo y, mientras caía, se dio cuenta que ya era muy tarde para huir. Había sido capturado por las autoridades. Pero, ¿por qué?, se preguntaba. ¿Era solamente una redada al azar? ¿O estaban sofocando un frustrado golpe contra el gobierno? ¿O acaso...?, sus vagos pensamientos competían entre sí... ¿han llegado por fin los extraterrestres para ayudarnos en nuestra lucha por la libertad? Entonces, la oscuridad lo envolvió, una piadosa oscuridad.

Lo siguiente que supo fue que dos miembros de la clase tecnócrata le estaban sirviendo una taza de agua jabonosa; un policía armado aguardaba en el fondo, con su macana lista para cuando la situación lo requiriera.

En un rincón de la cámara se encontraba sentada una mujer de cabello negro, extraordinariamente hermosa; usaba una minifalda y botas, todo pasado de moda pero seductoramente astuta, y vio, además, que tenía los ojos más grandes y cálidos que había visto en su vida. ¿Quién era? ¿Y... qué quería de él? ¿Por qué había sido traído ante ella?

—Su nombre —dijo uno de los tecnócratas vestidos de blanco.

—Contemptible —se las arreglo para decir, incapaz de apartar sus ojos de la joven extraordinariamente hermosa.

—Usted tiene una cita con el departamento de Replanteamiento de DNA —dijo crispadamente el otro de los tecnócratas de blanco—. ¿Cuál es su propósito? ¿Qué rasgos inamovibles del estanque genético intenta... debería decir intentaba, alterar?

Joe dijo poca convicción:

—Yo... quería ser reprogramado para... ustedes saben, una Vida Más Larga. La codificación para morir estaba a punto de activarse en mí, y yo...

—Sabemos que eso no es cierto —dijo la encantadora mujer de cabello negro con una voz intensa y sensual, que era no obstante también una voz plena de inteligencia y autoridad—. Estaba intentado suicidarse, ¿verdad señor Contemptible? ¿Al modificar su código genético no intentaba posponer su muerte sino provocarla?

No dijo nada. Obviamente, ellos estaban enterados.

—¿POR QUÉ? —dijo la mujer con aspereza.

—Yo... —dudó—. Entonces, derrumbándose en su fracaso, se las arregló para decir:

—No estoy casado. No tengo esposa. Nada. Solo mi maldito trabajo en la tienda de discos. Todos esos malditos cantos alemanes y esas canciones de rock; están en mi cabeza constantemente, dando vueltas día y noche, constantemente, mezclándose Goethe y Heine con Neil Diamond. —Levantando su cabeza y con un desafío furioso dijo—: ¿Por qué debería vivir entonces? ¿Le llaman a eso vida? Es existir, no vivir.

Se hizo silencio.

Tres ranas cruzaron a saltos por el piso. El señor Computadora ahora estaba llenando de ranas todos los conductos de aire de la Tierra. Media hora antes habían sido gatos muertos.

—¿Saben lo qué es eso, tener melodías como «La canción que te canto / El amor que te traigo» flotando dentro de tu cabeza? —dijo Joe con calma.

La encantadora mujer de cabello negro dijo de repente:

—Creo que yo lo sé, Contemptible. Verás, soy Joan Simpson.

—Entonces... —Joe comprendió en un instante—. ¡Tú estás ahí en el centro de la Tierra viendo series de televisión sin fin! ¡En un ciclo interminable!

—No los veo —dijo Joan Simpson—. Los escucho. Son de radio, no de televisión.

Joe no dijo nada. No había nada que decir.

Uno de los tecnócratas de blanco dijo:

—Señorita Simpson, debemos comenzar a trabajar para restaurar la cordura del señor Computadora. En este momento está fabricando cientos de miles de Pollys.

—¿Pollys? —dijo Joan Simpson, desconcertada; entonces el entendimiento iluminó sus cálidos rasgos—. Oh, sí. Su amor de infancia.

—Señor Contemptible —le dijo a Joe uno de los tecnócratas vestidos de blanco—, es debido a su falta de amor por la vida que el señor Computadora se ha vuelto chiflado. Para poder devolverle la cordura al señor Computadora primero debemos devolvérsela a usted. —Se dirigió a Joan Simpson—: ¿Estoy en lo correcto?

Ella asintió, encendió un cigarrillo y se inclinó hacia atrás pensativamente.

—Bien —dijo después de un momento—. ¿Qué implicaciones tendría el cambiarte tu programa, Joe? ¿Para que quieras vivir en lugar de morir? El síndrome disruptivo del señor Computadora está directamente relacionado con el tuyo. El señor Computadora siente que ha fallado en el mundo debido a que, al examinar un índice cruzado de individuos por quienes se preocupa, ha encontrado que tú...

—¿Se preocupa? —dijo Joe Contemptible—. ¿Quieres decir que le agrado al señor Computadora?

—Y está a su cuidado —explicó uno de los tecnócratas de blanco atuendo.

—Espera —Joan Simpson escudriñó a Joe Contemptible—. La frase «por quienes se preocupa» te ha hecho reaccionar. ¿Qué piensas que significa?

Con dificultad, dijo:

—Le agrado. En ese sentido, se preocupa por mí.

—Déjame preguntarte esto —dijo Joan Simpson luego, arrojando su cigarrillo y encendiendo otro—. ¿Sientes que nadie se preocupa por ti, Joe?

—Era lo que decía mi madre —dijo Joe Contemptible.

—¿Y tú le creíste? —preguntó Joan Simpson.

—Sí —asintió.

Repentinamente Joan Simpson se deshizo de su cigarrillo.

—Bien, Doubledome —dijo con una voz vigorosa y calmada—. No va a haber más programas de radio parloteándome. No voy a volver al centro de la Tierra. Se acabó, caballeros. Me apena, pero así son las cosas.

—¿Va a dejar al señor Computadora así de trastornado como está...?

—Voy a curar al señor Computadora —dijo Joan Simpson con una voz llana— curando a Joe. Y... —una leve sonrisa apareció en sus labios— y a mi misma, caballeros.

Se hizo un silencio total.

—Correcto —dijo uno de los dos técnicos de blanco después—. Los mandaremos a ambos al centro de la Tierra. Y pueden desconcertarse mutuamente por toda la eternidad. Excepto cuando sea necesario sacarlos del Pak Tristeza para sanar al señor Computadora. ¿Es un trato justo?

—Esperen —dijo débilmente Joe Contemptible, pero la señorita Simpson ya estaba asintiendo:

—Está bien.

—¿Qué hay de mi departamento? —protestó Joe—. ¿Mi trabajo? ¿Qué hay de mi desgraciada e inútil pequeña vida a la que estoy acostumbrado?

—Eso ya está cambiando, Joe —Joan Simpson dijo—. Ahora me has encontrado.

—¡Pero yo pensaba que eras vieja y fea! —dijo Joe—. No tenía idea de...

—El universo está lleno de sorpresas —dijo Joan Simpson, y alzó sus brazos abiertos esperándolo.

FIN

Título Original: The Day Mr. Computer Fell Out of its Tree © 1977.

Edición digital: Gilberto Quintero.

Revisado y Editado por Sadrac.

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